19 noviembre – 31 enero 2026
Barcelona
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Texto de Daniel Moreno Roldán
Un surfero ha muerto en mi pueblo. Tenía 18 años, fue a coger olas un día de tormenta de otoño. Un buen drama. Le pegó un revolcón una ola demasiado grande y ya no salió del mar. Debajo del agua, lo más peligroso, es desorientarse y perder la noción de dónde es arriba y dónde abajo. No saber hacia dónde nadar. Fijarse en la trayectoria de las burbujas es el truco. Siempre van hacia arriba, nunca pierden el eje.
Lo poco que sé de esta exposición, por ahora, es su título. Pere me ha llamado por teléfono para que le escriba el texto de sala, y no ha querido decirme mucho más. Por raro o críptico que parezca este título, al menos en el contexto de una exposición de pintura, he reconocido enseguida la palabra. La he visualizado a la vez que Pere me la pronunciaba por primera vez, cegado por esa luz naranja intensa parpadeando sobre una pantalla de matriz de puntos.
En mi pueblo, que yo sepa, solo queda un bar con una máquina recreativa. Una máquina de pinball basada en la primera película de Shrek. Ahora vale 1€ la partida. Al empezar a jugar, he perdido casi al momento. Al soltar el muelle lanzador, la bola metálica ha ido directa hacia el foso. Lo único que he sabido hacer, para intentar evitarlo, ha sido sacudir la máquina. Levantarla un poco para conseguir inclinar su superficie y así desviar la trayectoria de la bola. Ha aparecido en la pantalla el error de “tilt”, y he perdido automáticamente.
Los parroquianos del bar me han increpado: que no se toca la máquina, que eso es trampa, que está muy vieja y hay que cuidarla porque es una reliquia y se podría vender por mucho dinero en Wallapop. He tenido que irme del bar.
En otros juegos, como el ajedrez y el póker, se dice “estar en tilt” a un estado mental de frustración que lleva al jugador a tomar malas decisiones. A jugar emocionalmente descontrolado, sin claridad, impulsivamente, cometiendo errores que normalmente no haría. Casi siempre después de una mala racha o un mal golpe. De una forma u otra, uno acaba perdiendo la orientación.
El pinball, en cambio, siempre tiene claro el eje vertical respecto al suelo. En su interior hay un péndulo con un peso colgando de una varilla metálica. La varilla cuelga dentro de un anillo, también de metal, que está fijado. Cuando la máquina se inclina, y el péndulo se mueve, la varilla toca el anillo y se cierra un circuito eléctrico que activa el error de “tilt”.
Es la máquina la que te dice a ti que “estás en tilt”, que te has frustrado y te has puesto nervioso y así no se juega. Sea como sea, 1€ perdido.
Antes, existía un truco para jugar gratis: hacías un agujero en una moneda y le atabas un cordel. De este modo, al terminar la partida, estirabas del hilo, y recuperabas la moneda. Pero el truco ya no funciona, las máquinas ya no se dejan engañar. En cualquier caso, más allá del euro inevitablemente perdido, lo que más me ha consternado es la reprimenda inquisitoria de los parroquianos del bar.
Somos gente que vive en casas con persianas en las ventanas. Necesitamos poder bajarlas y esconder lo que hacemos dentro, por miedo a que vean lo que hacemos mal. Por si parece que hacemos trampa en algo y alguien se chiva. Pero, no sé si por la nostalgia que parece que cada vez más sienten algunos por la ética puritana, ya poca gente cierra la persiana. Estamos nerviosos y frustrados, y de repente hay algún pobre diablo que se siente bien cuando hay unas normas y están claras, y pretende que todos las sigan. Y resulta que no es un pobre diablo, sino que son una muchedumbre de diablos que, cuando están más a gusto, es cuando el clima es autoritario. Y te pueden acabar denunciando por sacudir la máquina de pinball demasiado fuerte. ¡Has hecho “tilt”! ¡No puede seguir jugando! ¡Se acabó la partida!
Se está acabando la partida y el mundo está en ruinas. Los edificios se tambalean y las aceras se levantan. Se acerca una gran ola que pretende ahogarnos a todos. El error de “tilt” está parpadeando sin parar sobre la pantalla de la máquina recreativa de Shrek del bar de mi pueblo, aunque no hay nadie jugando. El bar está medio derruido, el suelo ya no está recto, y el pinball está siempre inclinado. Y frente a esto, la gente nerviosa y frustrada se vuelve agresiva, y quiere enderezar las cosas. Esto es peligroso. Como bien saben los jugadores de póker o ajedrez, hay poca distancia entre la frustración y la estupidez. Y ser estúpido te puede llevar a hacer cosas horribles.
Tras la conversación telefónica con Pere, cuando me invitó a escribir esta hoja de sala, y me dio pistas sobre lo que trataría su exposición, “Tilt”, con lo que me quedé es con que sería una reflexión sobre la estupidez y el fascismo. Una especie de comentario pictórico sobre la majadería humana en tiempos de desesperación.
No tengo muy claro si he hablado de estos temas en este texto, pero espero que, de alguna manera, mientras leías y ladeabas la cabeza, o inclinabas el folio para poder leer los parágrafos a medio caer, hayas podido ver hacia dónde flotan las burbujas.